Hiding place

Hiding place
Hide me from any, sorry! everyone

sábado, 31 de julio de 2010

arOs

[Explicación:] Aunque el color naranja podría parecer, en estos tiempos donde todo se tiene que poder porque todo depende de mí, pesimista; no es así. Reconocer que hay cosas por fuera de mi alcance solo significa que para ampliar ese límite (rojo) debe haber un proceso, cambios. Lo que puedo siempre tiene la posibilidad de ampliarse pero en el momento en que deseo o decido, hay establecido un límite que no cambia a menos que cambien también las situaciones en las que quien decide/desea se encuentra.
Después de escribir esto, aunque el "diagrama" podría ser recibido con regocijo por estos tiempos, talvés por considerarlo material didáctico para niños en crecimiento; tampoco todo se puede y esa idea también puede leerse en los círculos del dibujo. Hay unos límites, la razón no todo lo puede, ni conocer ni hacer, y re conocer que existen es algo saludable en todo sentido.
Entonces, si asumimos que ser feliz es hacer las cosas porque quiero, porque de esta forma se garantiza cierta individualidad y libertad, entonces podremos decir también que querer cosas que puedo son una condición necesaria (no sé si suficiente) para ser feliz.
Hacer las cosas porque quiero, eso es ser feliz.
Soy feliz cuando mis posibilidades son más amplias que mis deseos.
Felipe tiene razón en algo: soy una calienta-huevos. No sólo escribo esto porque acepte que lo soy, sino porque descubrí por qué me gusta. Me gusta porque da cierto poder, cierto control sobre la situación.
En estas situaciones, en esas en las que me puedo dar el lujo de ser la última que decide, se amplía mi campo de posibilidades y lo que quiero no me “frustra” (ésta es una palabra muy grande para el tema del que estoy hablando) por sobrepasar mis capacidades y en cambio, hace lo que quiere sin obstáculo alguno.
Entonces escojo decir no a cosas o personas a las que hubiera aceptado más que complaciente cuando no existía la posibilidad y “sufría” por querer más de lo que podía.

sábado, 24 de julio de 2010

Me siento cansada, sin-ganas; triste. Masoquista: quien se asoma por la ventana de los otros y logra extender sus deseos sin poder extender sus posibilidades por medio de comparaciones inevitables y siempre odiosas. Leeré mafalda.

viernes, 23 de julio de 2010

Por un tiempo pensé que los libros tenían un efecto agregado en sus dueños, en los que además de tenerlos, los leen. Es decir, que las personas que leían estaban por encima del resto. Pensé que entre más leían, mejores personas podían ser. Ciertas cosas me han mostrado que no siempre es así, y que incluso los que más leen son los más lisiados para tratar de escribir algo fuera del papel, su propia historia, impedidos para ser protagonista y no lector o narrador, para merecer aunque sea una línea en el papel. Es más, terminan muchas veces, confundiéndose con la “masa iletrada” de la que se ríen, esa que no sabrá cómo pedir un café por el que pagarán tres veces su precio…
[IDon’t like those places].

domingo, 11 de julio de 2010

Instante

No sé desde cuando me empezaron a parecer odiosas las interminables fotos a cada instante, con cada persona, en cada lugar, desde cada ángulo posible en el que se pueda estar. Como si fuera necesaria una prueba de cada cosa que pasa. Como si su sola existencia, la de la realidad, no fuera suficiente.

Nada tengo que justificar cuando las cosas pasan, nada tengo que citar o mostrar. Las cosas pasan incluso si no las recuerdo después. Es esto tal vez lo que impide que queramos cambiar las cosas, nos sentimos anclados por nuestro pasado, aquel que recordamos constantemente, definidos sólo por esto. Desde el ahora estamos pensando ya en la creación perfecta de nuestro pasado, de nuestros recuerdos; lo cual –creo- impide que se disfrute.

Nuestros primeros recuerdos, los que decidimos atesorar, se convierten en la tabla con que se medirán mis siguientes actos. Mi presente no logra diferenciarse mucho del pasado próximo sin que pueda considerarse algo incoherente que sólo puede y debe ser justificado por una alteración excesiva de los sentidos y los reflejos, ojalá pérdida de consciencia.

Pero a pesar de los recuerdos a los que nos aferramos cuando evitamos olvidarlos al tratarlos de manera especial, las cosas cambian. El pasado, de lo que vivimos, los recuerdos que construimos con fotos, cartas, recipientes con letras tal como las que acabo de escribir; todo eso, a pesar de ser real porque pasó, porque encontró lugar para existir (el papel o mi boca, la de cada uno), cambia, deja de ser. Dejas de querer, dejan de gustarte ciertas cosas (no precisamente porque estés evolucionando, madurando); empiezas a querer a otras o de otras formas, tu gusto cambia y tu forma de actuar también debería.

Las cosas cambian, y para no ser esclava del tiempo, del pasado que apenas creo, hay que disfrutar.

Yo, disfruto mucho más las cosas cuando no estoy pensando en ellas. La “consciencia” sobre la situación que se disfruta, siempre trae consigo –en mi caso- la preocupación de que se va a acabar, de que el recuerdo no va a ser suficiente, de que me acabo de tirar el momento. No se puede ser el narrador (omnisciente) y hacer parte de la obra al mismo tiempo. No sin tener que fingir sensaciones a partir de sus definiciones. [Me encantan los diccionarios].

Disfrutar es dejarse llevar por el momento, por las sensaciones, no pensar en él, ni siquiera en palabras que las describan, simplemente sentirlas, vivirlas. “Dejarse llevar”. Esta expresión sí que me parece problemática, para mí, para la menopáusica que odia citar. No porque quiera robarme las ideas de alguien, sino porque no me gusta pensar que todos los caminos ya fueron recorridos y que lo único que queda es crear diálogos ficticios por medio de mis manos y mi boca con palabras, ideas ajenas… Ahhh…

Entonces, ¿Dejarse llevar para disfrutar? ¿Y la resistencia, la voluntad de hacer las cosas distintas al querer dejar de ser unas cosas y empezar a ser otras? ¿Y las palabras, el poder que tienen, la fuerza de la que me valgo para no ser tan incoherente, para cumplirme, para no dejarme llevar por la historia, la costumbre; para que no se ahogue lo que quiero distinto? … sáLm-oN!

lunes, 5 de julio de 2010

Bulletproof

Hace poco le perdí el amor a la esperanza, a eso que creía era el motor de todo cambio, sobre todo de los cambios grandes, los que eran capaces de envolver a toda una sociedad que se creía capaz y poderosa por una vez en su vida. Se lo perdí. No quiero quedarme esperando, no quiero que cosas me queden pendientes, no quiero temerle a la muerte al tener que pedirle siempre prórrogas para poder hacer lo que yo quiero.

La esperanza es lo que permite que las cosas se queden tal como son, que no haya cambios ni sorpresa alguna, que todas las novedades se queden encerradas en un futuro en forma de sueños que nunca llegan, futuro que nunca encuentra tiempo. Futuro que se convierte en el único plazo que no se cumple.

.Sin Esperanza. Para darle la cara a la muerte sin miedo, para darle valor a la vida por lo que permite y no por lo que se debe evitar para darse más tiempo; para "tratar de hacerme invulnerable a las balas". Y es que, finalmente, si “una sola golondrina no hace verano”, no tengo problema en morir en invierno.

domingo, 4 de julio de 2010

Intuición

(Del lat. mediev. intuitĭo, -ōnis). 1. f. Facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento. 2. f. Resultado de intuir. 3. f. coloq. presentimiento. 4. f. Fil. Percepción íntima e instantánea de una idea o una verdad que aparece como evidente a quien la tiene. 5. f. Rel. visión beatífica.
De alguna manera, esto se me perdió en el camino.

sábado, 3 de julio de 2010

Silvia en N.Y. Pedro Juan Gutiérrez

EN EL INVIERNO de 1992 Silvia visita New York por tres meses y se aloja en el apartamento de una prima en 94 St. West, a un costado del Central Park.

Una tarde, diez minutos antes de oscurecer, camina apresurada y cuidadosamente por un sendero del parque. Se concentra en sus pasos porque hay rachas de viento. El piso está helado y puede resbalar.

Es una zona completamente desolada. Sólo los árboles, los bancos y el viento frío. Un poco más allá hay unas canchas de tenis. Vacías. Silvia lleva las manos en los bolsillos de su largo abrigo negro. Palpa un paquete de tarjetas, con la reproducción de uno de sus cuadros. En el reverso está impresa la invitación para la apertura de su primera exposición personal en N.Y. Dentro de tres días. Consiguió una galería que está bien. No es de primera categoría pero tampoco es de cuarta.

Silvia piensa cómo va a organizar el vernissage y hace cálculos para el futuro. Su sueño dorado es encontrar un marido millonario que la mantenga, para ella entregarse totalmente a su arte. El viento está muy frío. Tiene la cara y las orejas heladas. De repente aparece un negro alto y robusto que la agarra por un brazo y le dice algo en inglés. Silvia se horroriza y piensa: “Oh, no, a mí no me puede pasar esto. No puede ser”. El tipo tiene la pinga tiesa bajo el pantalón y el zipper abierto. Ella intenta zafarse pero la sujeta una mano de hierro. Es tanto el miedo que le invade un frío intenso en todo su cuerpo y comienza a temblar. Piensa decirle: “Oh, please, please”. Pero no. Le parece ridículo decir solo eso. Se le olvidó todo el inglés. Es como si tuviera la mente en blanco. De nuevo intenta desprenderse y salir corriendo. El tipo entonces la agarra por los dos brazos y la atrae hacia sí. Intenta besarla. Ella huele su aliento a tabaco y alcohol y se asquea. Ladea rápidamente la cara y se echa hacia atrás. El tipo la besa en el cuello y la chupetea. Ella forcejea un poco más. El hombre la empuja. Silvia pierde pie y trastabillea. El la sostiene para que no se caiga. Es un mastodonte jugando con un pajarito. Silvia es muy delgada y endeble. Y no deja de temblar. El tipo la lanza contra un banco y la obliga a sentarse bruscamente. El permanece de pie. Con la mano izquierda la aguanta por el hombro. Con la derecha busca dentro de su pantalón y saca una tranca negra, tiesa, larga y gorda. ¡Cojones! Silvia la mira. Tiene que mirarla porque está a dos centímetros de sus ojos, y piensa: “¡Coñó, ahora sí se jodió esto. Tremendo pingón, madre mía! ¡Si me la mete me raja en dos, me destroza el muy hijo deputa!” Respira profundamente y se muerde los labios con fuerza. “¡Ay, mi madre, ¿por qué a mí?!” Se acuerda de Jesucristo en la cruz. No reza desde su adolescencia en las “Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús”, en La Habana. Todo pasa por su mente en fracciones de segundo. Se ve arrodillada entre los bancos de la capilla, rezando y mirando a Jesucristo crucificado. Le gustaba. Fue el primer hombre que le gustó. Era bellísimo, con aquel rostro dulce y sereno. Y el trapito blanco amarrado a la cintura y cubriéndolo. Era erótico. Lo más erótico y sensual que podía encontrar a su alrededor.

El negro le decía cosas en inglés. Murmullaba. Demasiado slang. Silvia no entendía. No había nada que entender. Todo era evidente. El tipo se masturbó con la mano derecha y con la izquierda palpó por debajo del abrigo de Silvia y le tocó sus muslos. Ella usa un blue jeans viejo y cómodo. El tipo intenta romper el botón desgarrando la tela. Silvia recordó como un flashazo una película argentina que se desarrolla en la Tierra del Fuego. Federico Luppi tiene que ir a Buenos Aires y se despide de su mujer. Ya a punto de irse, el último consejo es: “Si te van a violar, relájate y goza”.

“Relájate y goza, Silvia, relájate y goza”, se repite un par de veces. Entonces recupera fuerzas y mira la pinga del tipo. Está a medio palmo de su cara. No puede. Le da asco. El tipo sonríe satisfecho. Le están saliendo bien las cosas. Se masturba rápidamente y sigue intentando romper el pantalón. Quiere meterla de todos modos. De golpe Silvia recupera la voz y, sin pensar le grita: -Fuck you, man! Use condón, son of bitch, hijo deputa! Use one condón! ¡Negro singao, maricón, abusador, hijo deputa, ojalá tuviera una pistola aquí, abusador! Fuck you! Use one condón!

El tipo, con su voz bronca, le dijo algo ininteligible y le sonó un par de galletazos por la cara que hicieron estremecer el cerebro de Silvia. El tipo quizás estaba drogado. Pegaba muy duro. Era mejor no enfurecerlo. No tenía preservativos. No le interesaban. Siguió masturbándose con la derecha. Con la izquierda registra en el pantalón de Silvia. Mete la mano por debajo del sweater y la camisa de lana. Toca la suave piel de ella. El tipo no lleva guantes y tiene las manos heladas. Le agarra las tetas. Las teticas. Silvia está muy delgada y tiene unos pechos diminutos. Siente aquella mano grande y áspera cómo las soba y le aprieta los pezones. Silvia piensa velozmente: “Le hago una paja y me voy corriendo. Este negro cabrón puede tener sida. Si me mete esa tranca me raja en dos pedazos y me deja aquí desangrándome. ¡Que se la meta el coño de su madre!” Rápidamente agarró la pinga con la mano derecha y se la masajeó. Es muy gorda y muy larga. Ahora se ha puesto más grande aún. Es enorme. “El forcejeo es lo que excita a este hijodemalamadre”, pensó Silvia. Se la apretó bien al tiempo que le bota la paja. Necesita entretenerlo y que se venga rápido. Silvia sabe hacerlo perfectamente. En La Habana se ha templado a unos cuantos negros. Pero siempre ella tenía la ventaja de ser blanca, joven y bonita. Los negros le perreaban atrás un buen tiempo hasta que al fin ella se decidía a dirigir la operación y llegar a la cama. Siempre tenía el sartén por el mango. Ahora se sentía humillada. Por primera vez en su vida. Le escupió en la cabeza de la pinga, pero casi no tenía saliva. El miedo le dejó la boca seca. Movió la lengua contra el cielo de la boca y acopió saliva porque de lo contrario el tipo le iba a meter la pinga en la boca y la obligaría a mamar. La paja le estaba saliendo bien porque el tipo emitía sonidos de placer. Ella temblaba. Sentía la mano congelada que le sobaba los pezones y se los pellizcaba. Ella se esforzaba con sus dos manos dándole pa´atrás y pa´lante. Se la meneaba y miraba alrededor. Nadie. No aparecía nadie. Aquello era un desierto semicongelado. “Ay, mi madre, si apareciera un policía y le entrara a palos a este negro cabrón”. Ella seguía meneando con las dos manos y mirando a uno y otro lado. La pinga seguía frente a ella, apuntando como un cañón, a medio palmo de su cara. De pronto el tipo le soltó un chorro de leche en la cara. Le bañó el rostro. Y otro lechazo más. “¡Qué cojones! ¡Tenía dos litros de leche en los huevos, el muy singao!”, pensó Silvia. La sorprendió. Ella no lo esperaba tan rápido y ya era tarde. Sintió el sabor ácido-dulce del semen en su lengua, en la garganta, en los labios. El olor acre de la leche. Le entró hasta por la nariz. Soltó la pinga. Se limpió con las manos. Tenía pañuelos de papel en el bolsillo. Los buscó. El tipo ahora se masturbaba él mismo, frenético y jadeando. Seguía soltando chorros de leche encima de Silvia y le ensució el abrigo. Ella volvió la cara. Escupió una y otra vez. Asqueada. El tipo quedó medio desfallecido. Ella lo empujó y salió caminando aprisa mientras se limpiaba con los pañuelos de papel y escupía. Resbaló varias veces en algunos charcos congelados y estuvo a punto de caer al suelo. Seguía con el sabor acre del semen en la boca. Y se había tragado un poco. Lo sentía más atrás de la garganta. “¿Por qué tenía la boca abierta? ¿Cómo es posible? ¿Seré estúpida? La tenía en la punta, el muy cochino, hacía un mes que no se venía. Me soltó dos litros de leche encima. ¡Coño de su madre, hijoputa! Tenía que tocarme a mí. No había otra en todo el parque. Si tuviera una pistola le entraba a tiros”. Iba rabiando y casi corriendo, a pesar de los resbalones. Blasfemaba y temblaba de frío, de nervios, de rabia, de furia, de impotencia.

En pocos minutos llegó al apartamento de su prima. Subió las escaleras hasta el segundo piso. Sacó las llaves y se detuvo antes de abrir la puerta. Cerró los ojos y pensó: “Tranquila, Silvia, tranquila”. Se pasó las manos por la cara, por el abrigo. Ya todo estaba seco. Se alisó el pelo y de nuevo concentró su mente calculadora: “Ya, no pasó nada, tranquila”. Abrió la puerta y entró sonriendo. No había nadie. Sobre la mesa un mensaje escrito con tinta roja en una hoja blanca: “Regresamos tarde. Cena tú sola. Hay pollo en la nevera”. Se quedó leyendo el mensaje una y otra vez. Muchas veces. Fue hasta el equipo de música y lo conectó. Tenía colocado un CD con “La Tempestad”, de Jean Sibelius. La música comenzó a invadir lentamente a Silvia. “Las Oceánicas”. Fue hasta el baño. Dejó la puerta abierta. Se desnudó. Hizo un gran bulto con toda la ropa. Después la botaría, incluido el abrigo que tenía las manchas secas y blanquecinas del semen. Se duchó largamente y lavó muy bien su pelo. Cepilló sus dientes dos veces. Se secó y se puso agua de colonia abundante. Siguió sintiendo asco. Las habitaciones estaban caldeadas y regresó desnuda a la sala, escuchando la música. Se dejó caer en una butaca, echó la cabeza atrás, cerró los ojos, y se olvidó de todo. Solo existía Sibelius. In crescendo.

Un mes después regresó a La Habana. Hacía nueve meses que viajaba. Seis meses en Madrid y tres en New York. Buscaba galerías que se interesaran por su pintura. Yo la esperaba en el aeropuerto. Se sorprendió cuando me vio. No me lo dijo pero lo leí en sus ojos: no esperaba verme después de tanto tiempo y de ciertas peleas telefónicas. Sobre todo en los últimos tres meses. Pero yo estaba enamorado como un perro. Eso es lo peor que le puede pasar a un hombre. Enamorarse demasiado y apasionarse con una mujer bella. Nos fuimos a su estudio. Pusimos a un lado el equipaje sin abrir y nos besamos. Un beso con lengua y chupones. Se nos olvidaron los nueve meses de separación y las broncas telefónicas. Templamos como dos locos. Igual que siempre. Seguimos así unos días más. Una tarde descansábamos en la cama. Lo recuerdo perfectamente. Me dijo: -Tengo que decirte una cosa. -¿Qué? -Quizás tengo alguna enfermedad. -¿Por qué? ¿Templaste sin preservativo? -Me violaron en el Central Park, frente al apartamento de mi prima. -Ah, no jodas, Silvia. -En serio. -No, no. -Sí. -Uff, ¿Y esperaste hasta ahora para decirlo? ¡Tú eres la más papayúa de Cuba? Se quedó en silencio, mirándome. Vio que me empingué muchísimo, y cambió en un instante: -Jajajá. Es un chiste. No me creas. -¿Un chiste? -Sí, jajajá. -Sí te violaron. Chiste ni pinga. -No te pongas así. Era un juego.

Nos quedamos en silencio, mirando al vacío. Me levanté de la cama. Fui a la cocina y preparé café. Me puse furioso. Con rabia como un perro. Tenía ganas de entrarle a piñazos a la pared y romperlo todo a patadas. Cuando regresé con el café Silvia lo había pensado mejor y me dijo: -Cálmate y no te alteres. Te voy a contar cómo fue.

Me lo contó todo. Sin perder detalle. Hasta Sibelius. Se me pasó la furia. Pero no pude olvidar. Una semana después nos separamos. Silvia insistía en irse definitivamente. A Miami o New York. Sólo hablaba de eso. Obsesivamente. “Me siento encerrada en una jaula. Esta isla es una jaula”, me repetía continuamente. Quería que yo me fuera también. Yo no quería irme y ella no lo entendía. Me acusaba: “irracional, sentimentaloide, blandengue, cobarde, aguantón, no tienes por qué aguantar esta mierda”. Yo me defendía: “Está bien, soy un sentimental y no una computadora”. En fin, me desalenté mucho. Ya no podía acariciarla con ternura, no tenía erecciones. Nada. Una tarde cogí mi bicicleta. Puse en una bolsa lo poco que poseía, y me marché. No sé donde vive ni que hace. No sé nada. Alguien me dijo que se casó con un siquiatra millonario, que vive en la zona de Cape Cod y que ha engordado muchísimo. No sé. Yo caí en un estado depresivo que me duró años. Fue terrible y no quiero recordar aquel tiempo: depresivo, furioso, rabioso, desconcertado, borracho todo el día, sin comida, sin dinero, claustrofóbico, con intenciones suicidas, todos los días me templaba a una negra diferente. A veces me pegaban ladillas. Las buscaba entre las más vulgares y prosaicas de mi barrio. Me gustaba golpearlas cuando las tenía bien clavadas, y ellas se arrebataban con mi sadismo. Quizás eso fue lo que me salvó: las borracheras, las mujeres, soltar furia, tirarlo todo a mierda, no esperar nada de nadie. Y escribir. En las madrugadas, borracho, escribía cuentos de todo lo que me sucedía. Era muy divertido. Y seguí adelante. Y aquí estoy.

©Pedro Juan Gutiérrez Silvia en N.Y. es un cuento que está incluido en el volumen El insaciable hombre araña

Un cuento donde toca tragar, pasar para poder seguir leyendo, para no ahogarse. No me quejo: si escribir es como vomitar, el lector no puede esperar estar limpio ni imperturbable, ¿no?

martes, 4 de mayo de 2010

Here you are.

"¿Porqué le es tan difícil creer que alguien la pueda querer tal y como es?"

domingo, 4 de abril de 2010

MovIe

No quisiera que alguien se privara de la imagen. Entonces, como supe que algunos no la habían encontrado en otra parte, es decir, que la querían volver a ver, tenerla depronto; dejo nuevamente la foto de Dash Snow.

lunes, 29 de marzo de 2010

Z

Ahora sí dejó de ser serio para convertirse en algo importante. Últimamente he estado muy activa en lo que se refiere al mundo onírico. Casi todas las semanas sueño y me acuerdo de todo sin que pueda diferenciarlo, es decir, definir el recuerdo como un sueño y no como algo que pasó mientras estaba despierta. No queda clara la línea que separa los dos mundos, espacios, tiempos.
Además, en menos de dos semanas he soñado dos veces que lloro de la manera en que nunca lo hago, haciendo mucho ruido, mojándome las palmas de las manos hasta que quedan inservibles para secar de nuevo ese líquido catártico.

En fin, si los escribo no es exactamente porque quiera recordarlos todos, sino porque no quiero ser justine, no quiero tapar las cosas inventándome otras, quiero reconocerlas, y de pronto mostrar el fracaso cuando se conviertan en material valioso para el experimento del acuario.
Además de soñar de la manera descrita, me soñé con Žižek, con inglés y francés:

Estoy en la Universidad, tengo una clase a la que debo entrar, pero no alcanzo porque he sido escogida, sin concurso alguno, para acompañar a este señor, al que reconozco en el sueño, pero al que no le hablo, incluso después de saber redactar varias dudas que tengo.

En fin, me monto a una miniban blanca y nos llevan a los colegios que debemos. Estoy con otras dos personas que son los encargados de traducir lo que Žižek dirá en su idioma, que tiene un particular acento zapateado, como el de cualquiera que haya nacido en la Europa oriental. Ellos hablan entre ellos, nosédequé, pero constantemente. Yo le pregunto, creo que al conductor, si han hablado con la universidad, pues yo debía estar en esa clase de la que tengo ciertas dudas. Me dice que sí varias veces, no le creo, pero después de entrar al auditorio y sentarme al lado de uno de los intérpretes "profesionales" de Žižek, se me olvida esa clase, me doy cuenta que voy a disfrutar más esto, y ya no importa el espacio que debería estar ocupando, sino el vacío que estoy llenando.

Mientras caminábamos hacia la entrada, habían varias personas en el camino, no muchas, pero todas vestidas de negro. Nos sentamos pues, en el orden que ya había dicho, Žižek al frente del intérprete y la intrusa, que soy yo.

Él empieza a hablar, habla sobre tres conceptos que ahora no recuerdo, empezaban por M, y los tres se complementaban de una forma tan clara que la exposición no podía durar mucho más de lo que esa frase le acababa de robar al tiempo. Alguno de los intérpretes traducen lo que acaba de decir, deciden por medio de miradas quién se le medira a la gran hazaña. Para finalizar, Žižek dice algo sobre los cambios, lo sé, porque los intérpretes no fueron capaces de responder a su propia mirada y a la de los que, presentes, esperaban poder entender lo que acababa de decir; pero yo sí. Antes de intervenir, los miré a ellos, los "profesionales", me metí en el juego de miradas para saber si alguno se aventuraba a decir cualquier palabra antes que yo, que seguramente estaba pensando de manera equivocada lo que acababa de decir. Ante su incapacidad, logro hablar, aunque no sin dificultad. Recuerdo haber dicho primero: Il est en train de parler sur les changements [¡...!]corrijo en seguida y digo: the changes, con una voz bastante chillona que trata de enfatizar y conectar lo que venía diciendo con el final de la frase que, naturalmente, ya no recuerdo.

Todos sonríen y le aplauden a Žižek, él sale rápidamente y se monta en la ban blanca. Lo sigo, me siento dentro del carro y me doy cuenta que le pide al conductor que lo lleve al siguiente colegio, que parece escuela por ser más pequeño. Están dejando a los traductores detrás. Ellos corren y yo hago muecas por fuera de la ventana para que sepan donde vamos, para que nos sigan y corran, como si no fuera suficiente con que vieran al busesito alejándose. Para su fortuna, el colegio resultó ser muy cerca del anterior, y los traductores no tuvieron problema en llegar primero corriendo y después caminando el recorrido. Me pregunto de qué sirve una ban si no hay largas distancias, pero sigo a Žižek, con el que no he cruzado palabra alguna, al que ni siquiera he mirado a los ojos.

A la entrada de este colegio hay unas monjas que le cojen la mano a la personalidad que dije seguía, se lo llevan por un caminito hecho de cemento derecho, directo a nosédónde; mientras a mi, me guía un joven hacia una casa de varios pisos. Él sube primero, yo después, hay escaleras, y es difícil subir, toca pasar por encima de unos tubos y por debajo de otros, y es más alto de lo que creía. Llego hasta un punto, estoy encima de un tubo de madera naranja, al lado de una ventana alargada, de marcos naranjas también, casi cafés. El guía se da cuenta que paré, baja y me dice algo- no me acuerdo de casi nada en este momento- mueve la boca, supongo, pero nada más. Los profesionales suben, se acercan, veo a Žižek por la ventana devolviéndose y se acaba el sueño.

jueves, 18 de marzo de 2010

Pudrir

(Del lat. putrere). 1. tr. Hacer que una materia orgánica se altere y descomponga. U. t. c. prnl. 2. tr. Consumir, molestar, causar impaciencia o fastidio. U. t. c. prnl. 3. intr. Haber muerto, estar sepultado.

lunes, 8 de marzo de 2010

NotEnough

Laura Lucia González Marín

para sergiofajardo
mostrar detalles 27/02/10
Buenas noches,
De antemano le agradezco que se tome la molestia de le leer lo que me propongo a escribir.
¿Está consciente de la responsabilidad que siempre trae creer que el cambio es posible?
Es decir, su campaña, por la forma en la que la ha llevado a cabo, por el mensaje mismo, ha llevado a muchos colombianos a llenarse de esperanza y volver a creer que la política puede ser distinta. Sólo este paso es representativo, pues supone tener que dejar de lado, o por lo menos no basarse del todo, en las malas experiencias, las constantes promesas que nadie es capaz de cumplir después de que ya no depende de los "votantes" para mantenerse en el poder (Lo digo no porque la democracia deba funcionar así, sino porque acá funciona así. Los ciudadanos siguen sin merecerse del todo ese título, no hay control sobre lo público).
Entonces, no le estoy escribiendo para preguntarle qué va a hacer respecto a cada problema que nos agobia: la seguridad, la salud, la educación, las relaciones internacionales o la economía. No dejo de preguntarle por la agenda de gobierno en la que está pensando, no porque me parezca irrelevante, sino porque el objeto de este correo es otro.
Yo le escribo, para recordarle la importancia, la responsabilidad que tiene impulsar a la gente a creer, después de que ya habían dejado de hacerlo, le escribo para sugerirle, que por favor, si no cree en cada palabra de aliento, de confianza para albergar nuevamente en nosotros la esperanza, la posilidad de cambio, no lo haga; porque más daño que el que han hecho tantos años de lo mismo, de corrupción asfixiante, de olvido de la base humana del Estado, de violencia y mentiras; es un discurso que promueva lo contrario y que finalmente se ahogue, se rinda a esa tradición política que criticaba.
¿Porqué escribirle ésto? Pues verá, hace dos semanas, leí en una clase la directiva 10 de 2002 del presidente Uribe que hablaba de una nueva cultura de lo público, de la necesidad de eliminar la politiquería y e clientelismo para poder asegurar un mejoramiento en las finanzas públicas y por lo tanto en los indicadores sociales. Pensaba en lo fácil que se ha vuelto hablar para la gente, como si las palabras no fueran capaces de crear compromisos a futuro vinculantes, como si fueran, por el simple hecho de estar escritas en un papel o en la garganta o en los oídos de la gente, fácilmente pisoteadas, olvidadas y mediatizadas para conseguir fines mucho menos nobles que lo que su propia definición nos indicaría. Pensé también en las elecciones, en lo difícil que se hace creer en las palabras de las personas cuando están necesitadas, en este caso de mi voto, del de todos.
Busqué después las campañas, los slogans, las propuestas y las publicidades que en este momento abundan. Re-encontré la suya, y quise asegurarme, ahora que todavía existe la posibilidad, aunque pequeña, de que Usted sea quien reciba este correo, lo lea y lo responda si lo cree necesario, de advertirle sobre la importancia de las palabras que usa y también sobre la confianza que me arriesgo a depositarr en Usted al creerle.
Aclaro, para que no se asuste, que ser depositario de mi confianza no significa que sea depositario de mi responsabilidad. No pretendo deshacerme de ésta.
Espero que este país se dé la oportunidad de creer, y que Usted, Sergio Fajardo,sea responsable del sentido de las palabras respeto, decencia y dignidad.
Muchas gracias por su tiempo y su atención,
LauraLucía
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Sergio Fajardo

para usuario
mostrar detalles 28/02/10

Mi Querida Laura Lucía,

Tremendas tus palabras, pero ciertas. Ten la certeza de que he pensado muchas veces sobre lo que dices y tengo conciencia de mi responsabilidad. No te preocupes, nunca fallaré, un abrazo, Sergio.

De: Laura Lucia González Marín [mailto:lauraluciagonzalezmarin@gmail.com] Enviado el: Sábado, 27 de Febrero de 2010 11:26 p.m. Para: sergiofajardo@une.net.co Asunto: Mensaje

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LauraLucía

martes, 19 de enero de 2010

Concupiscencia

1. f. En la moral católica, deseo de bienes terrenos y, en especial, apetito desordenado de placeres deshonestos.

Para que la definción sea más clara, me atrevo a ajustar la entrada después de haberla publicado, después de los comentarios. Espero no importe.

deshonesto, ta. 2. adj. No conforme a razón ni a las ideas recibidas por buenas. 3. adj. ant. Grosero, descortés, indecoroso.

Confesonario

Escribir sobre el miedo de reconocer un modelo de mujer que no me agrada. Darme cuenta que a pesar de muchas cosas, soy una y lo seguiré siendo, por mucho que le duela a la feminidad o a los tipos a los que les he dicho que no.

Desde siempre, pero esta navidad de manera más acentuada, he estado pensando sobre lo que se crea alrededor de la mujer para darle un sentido. Siento que hay imágenes, historias, palabras que toman tal fuerza que después no hay nada que pueda evitar que se vuelvan reales. Y ante la resistencia, siempre hay algo que se pierde...

No sé por dónde empezar, hay varias cosas que quiero tocar, veremos si me alcanzan los dedos.

Supongamos que el orden, ser capaz de malograrlo en cualquier medida, es algo bueno. Siendo así, enumeraré, aunque sólo sea un adorno pendejo que trate de decir que soy seria.

Primero, esta navidad, la del 2009, me he dado cuenta que de 7 primas con más de 18 años, hay 5 que ya tienen bebés. De esas 5, 4 lo tuvieron, a su hijo, entre los 18 y los 20. Yo tengo 20… mmm ¿a dónde vas, querida? Voy… a decir lo siguiente, a escribirlo primero, claro. Me da miedo eso, esa vida, tener que estar cargando un bebé y cambiarlo y darle el tetero y esas cosas. No importa lo bonito que digan que es, ni cuán normal parezca ya esta noticia para los papás, es decir, los abuelos. No importa nada, no importa si tiene ojos azules o cafés, si tiene el pelo amarillo o no, si es negro o blanco, si ya creció un poquito y tiene 6 años o si por el contrario apenas empieza su desarrollo; no importa nada, de mi intención por sonreírles sólo resulta una mueca que los hace llorar y que hace que los grandes se rían de mi cara de asombro, según ellos.

Ja! ¡Grandes?, grande yo sentada en la parte de atrás del salón con gafas y paladar. Sí, más grande yo cuando tenía 10 años que ellos que ahora tienen un poquito más. ¡Grandes?¿Grande vivir en la casa de mis papás con mi hijo y mi novio, convertido en esposo por este pequeño compromiso? ¡Grande? ¿Grande quedarme en una casa limpiando y cocinando, durmiendo y comiendo? ¡Grande?

No jodás! Grande es otra cosa. ¿Qué quieres ser cuando crezcas, cuando seas grande?

-Cuando sea grande quiero ser _____ [fill in the blanks]

Eso era ser grande! Ser lo que uno quisiera, no lo que tocó y consentí. No lo único que queda por hacer, no repetir lo poquito que pude ver. Nononono. [Confieso, confieso que escupir esto me da miedo, definitivamente no quiero que me caiga en la valiente y orgullosa cara. No me gusta mi saliva, es más, yo nunca me daría un beso...]

¿Miedo?. Sí, miedo a esto, a que el peso de la historia sea más fuerte que la voluntad, que cualquier decisión. Miedo a que un roto en un condón no me deje decidir, a que el 99% de efectividad de los anticonceptivos no me toquen y sólo quede con el maldito 1...

Sí, definitivamente estoy traumatizada, siempre he tenido miedo a caer en esa marcha incansable de martillos, a ser el argumento del que no cree y no hace nada, y no el respaldo de la fe en una semilla que puede dar distintos frutos…

Segundo, sobre las "mujeres buenas"...

[El numeral 2 y 3 estarán en próximas entradas]

lunes, 4 de enero de 2010

DanielaNodirémiapellido.

Estoy esperando a una amiga de Bogotá para empezar ferias. Viene mañana, el día del cumpleaños de Daniela. Dormí hasta las tres de la tarde, desde las 2, creo. La verdad no me da sueño en estos días, creo que podría pasar derecho sin mayor esfuerzo, pero igual, si me acuesto, incluso sin sentir que necesito descansar, me duermo casi inmediatamente. Eso pasó esta tarde, me acosté en la cama de mis papás mientras se iban y dormí hasta las 3. Tuve el siguiente sueño:

Daniela y yo íbamos a esperar a Carolina. Íbamos hacia el terminal, que resultó ser algo muy parecido a una fonda, aunque eso lo supe después. Cuando llegamos al terminal ella se subió a un bus muy viejo y dañado. No sabía a dónde iba, pero la seguí, me monté en el bus con la maleta sobre la espalda mientras trataba de contestar mi celular, creo que era mi mamá. Mientras yo hablaba, explicándole dónde estaba, Daniela se salió del bus, como si se hubiera acordado de algo que no podía dejar. Yo estaba enredada con la maleta y el celular y la miré por el vidrio de atrás, seguía teniendo el celular en mi mano, pero ya no había conversación.

Primero pensé que después me alcanzaría, pero como todavía seguía lloviendo mientras el bus se alejaba del terminal, me bajé y pensé que era mejor ir a buscarla. Me tapé con la maleta y llegué hasta el supuesto terminal que parecía más una fonda. Me senté en una silla hecha de troncos de madera, dos como base y uno más largo partido a la mitad sobre ellos. Alguien tomó mi orden, no me acuerdo que era, de pronto agua o una gaseosa.

La parte que sigue no la recuerdo muy bien. Creo que apareció un bebé en un coche mientras con los codos encima de la madera esperaba algo. Creo también que me dolía, pensaba en el hecho de salirme del bus, de haberla cagado y no poder encontrarla. Me sentía desubicada. Después llegó Daniela y se sentó en la silla que hacía parte de la misma mesa, pero en la de enfrente para poder mirarme de frente. Llegó con alguien, no me acuerdo muy bien, de pronto F o una vieja del colombo. Después llegó un extranjero, creí que era un alemán, porque no le entendí nada cuando después dijo cualquier cosa. Ahh! Podría ser cualquiera, pero pensé en ese momento que era un alemán, no un ruso, un gringo, un finés o un polaco. Un alemán.

Cuando llegó y se sentó puso sus pies encima de un tronco que estaba diagonal a ella, a Daniela. Vi las botas, las brama. [Es impresionante cómo los sueños resultan tantas veces en una combinación de imágenes acomodadas aparentemente sin lógica alguna]. Me preguntó cómo había llegado ahí. Le conté la historia, la que acabo de escribir. Me acuerdo muy bien que se la contaba con un aire de tristeza, con ganas de llorar; aunque no con la intensión de ser la víctima y de que ella sintiera lástima. Sentí los ojos húmedos, las lágrimas temblando en el borde de los párpados y yo tratando de concentrarme en hablar con tal destreza que la respiración y el agua en constante creación no chocaran con las palabras. Terminé con “éxito”, sin lágrimas rodando incesantemente por mis mejillas, tttt, nada de eso. Daniela, en cambio, lloró una sóla lágrima mientras le contaba la historia. La pude ver bien, pues contrastaba con la cara que en un momento parecía imperturbable.

Después de terminar mi historia, empezó a explicarme. Alguien se iba a quedar en su casa, el alemán que estaba de intercambio, y ella lo había olvidado. Había vuelto por él, que ahora hablaba o balbuceaba cualquier cosa en inglés que no entendía.

La explicación estaba con un tinte de remordimiento y el alemán queriendo ayudar, nos había invitado a pintar el terminal por fuera con una pintura que revolvía en un sombrero negro. No era muy delicado mientras lo hacía, y me di cuenta, por los regueros que dejaba alrededor, que la pintura era rosada. Teníamos la intensión de hacerlo, incluso nos había parecido una buena idea, pero sonó el teléfono varias veces y logró sacarme de la fonda, aunque lentamente, sabiendo que estaba pasando de un mundo a otro.

lunes, 21 de diciembre de 2009

Un carro, un carro en el que estamos mi papá, mis hermanos y yo. El carro se queda sin frenos y todos sabemos que nos vamos a morir. Decidimos contabilizar el tiempo que nos queda y jugamos cartas mientras bajamos por la montaña, seguros de que no queda mucho tiempo. Me acuerdo de unos espejos y unas cartas que un amigo me dio detrás de unas cortinas mientras me cogía la mano. De un momento a otro el carro para, de la montaña caemos a la calle que perpendicular impide que sigamos bajando.

¡Qué malos somos con las predicciones!

Todos salimos y miramos el carro que amenaza con explotar por los daños de la brusca bajada por la montaña. Mientras miro, esperando ver el fuego que consuma el carro rojo y sin frenos, un policía llega y me dice que tengo que recoger las cosas que están dentro de ese carro: el morral de Sergio, el ipod y un cuaderno. Obediente me dispongo a hacerlo.

Me acerco al carro y me agacho para buscar eso que tengo que sacar. Miedo, no encuentro nada y tengo que acercar mucho la cara a la parte que espero explote, muevo las manos… ¡Nada! Puto policía, me salvo del choque, pero no del destino, no? Veo el ipod en la parte de adelante, en el piso cerca del acelerador, y el morral lo siento debajo de la silla donde siempre se sentaba mi mamá.

Bueno, puede ser que me salve, recojo el ipod y siento la cara caliente…

Ahhh… ahora el morral de niña. Meto la mano debajo de la silla pero no lo alcanzo, qué tan larga es una silla? No es una pregunta que me importe. Lo único en lo que pienso, lo único que se me viene a la cabeza es lo que creo vería por última vez, una explosión de colores amarillo, rojo y blanco.

El carro suena más, siento la cara más caliente, muevo los dedos desesperadamente, cierro los ojos, creo que ya no es necesario pensar en la imagen porque ya casi la podré ver, pero igual, insisto en alargar un poco el tiempo. Lo agarré, agarré el plástico del morral, ahora sólo saco el brazo de ahí y corro, abro los ojos. Tomo aire… La imagen resultó ser sólo blanca.

Abro los ojos nuevamente. Despierto, respiro.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Madrugada sábado19dic

Duermo en una casa de contrastes grises. Paredes muy altas con puertas pequeñas y negras.

A mitad de la noche me despierto y voy al baño, tengo que orinar. Abro la puerta del baño y miro el inodoro, hay 4 o 5 ratas grises ahí. Suelto el agua para que se vayan, todas lo hacen menos una. Decido cogerla, meto la mano en el inodoro, me mojo la mano y saco la rata. La sostengo con las dos manos, mientras la cabeza y las patas traseras quedan por fuera.

La miro mientras se retuerce y sin pensarlo mucho, la mato. La golpeo contra el piso de cemento varias veces, hasta que la cabeza deja de sostenerse, hasta que algo de sangre mancha el piso y los dedos. La tiro, pienso que ahora puedo orinar tranquila.

Orino, pero las ratas que pensé se habían ido, me muerden los dedos. No hay dolor, pero empiezo a pensarlo, a crearlo, cuando veo que mis manos están carcomidas, rojas por la sangre y ya sin piel.

La construcción del dolor es interrumpida. Me despierto. Tengo que ir al baño.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Amor seco.

Nombre que designa diversas especies de plantas herbáceas cuyos frutos espinosos se adhieren al pelo, a la ropa, etc.

Hay frutos y espinas, ¿qué más puedo pedir?

[La definición y el comentario fueron antes mostrados a Daniela para respaldar sus afirmaciones sobre mi forma de proceder. Gracias, cucu]

sábado, 12 de diciembre de 2009

Experimento 1:Teatro simultáneo/ Acuario

Se espera poder hacer una obra de teatro con tres pisos que el espectador pueda ver de manera simultánea. La idea es la siguiente:

Alguien duerme en el medio. Sueña, lo recuerda arriba y lo reconstruye abajo a su antojo, pues el recuerdo permanece secreto.

El ejemplo con Justine, sólo busca hacer de los sueños puertas a los secretos que suelen ser poco ortodoxos, nada aceptados socialmente y por lo tanto muchas veces causa de vergüenza por pretenderlo, involuntariamente, real en un mundo onírico. La Justine del Marqués de Sade, es una mujer que “preferiría siempre, no importa cuáles sean sus espinas, a la virtud que a los peligrosos favores que acompañan el crimen”; y que presa de la mala suerte, del destino, hace parte de la lujuria, los excesos carnales de muchos hombres, siendo ésta la única opción viable para sobrevivir.

Injusticia. Se culpa entonces a la sociedad sucia y demente que la rodea y se aprovecha; y a pesar de ser una existencia totalmente contraria a lo que quiere, logra permanecer viva al poder señalar las causas de sus pecados y de su vergüenza más allá de su propio cuerpo, lleno de cicatrices que se lo recuerdan.

Si el paso de la virtud al pecado (descrita con bastantes detalles en el libro “Justine”) se da en un sueño, en alguno de Justine, mientras duerme después de haber vivido un día dentro de una realidad justa, pues la lleva de acuerdo a todos los dogmas que defiende; no habrá nadie a quien culpar.

Imaginar a Justine con sueños sádicos que no quiere hacer realidad, supone una reflexión por su parte (desconozco cuál podría ser la reacción que viene justo después de abrir los ojos, mientras lo recuerda todo), casi un plan para impedirlo. El plan deberá ser muy elaborado porque la amenaza está dentro de ella… el gusano dentro de la manzana (me gusta tanto esta imagen).

Se trata de montar una obra de teatro con esta protagonista dentro de la realidad que “desea” y unos sueños que no puede ignorar o relatar fielmente. La idea es mostrar cómo los recuerdos pueden estar subordinados a una estética y una lógica predeterminada, cómo se crean bases para mantener la misma ilusión de realidad a costa de que el alma se mantenga secreta. Más allá de esto no tengo muy claro qué pase en la realidad rosada (el último piso) de pronto enloquece, se suicida, espera una invitación, prueba para después superarlo? Qué sé yo.

Esto se podría hacer con muchas “historias” distintas… haciendo comparaciones entre lo que “es” en secreto y lo que se “creó” para mantenerlo así.

Hay que empezar, ya estamos en el purgatorio.

jueves, 10 de diciembre de 2009

¿Mequieres?-

Me siento y me obligo a escribir, no me obligo a querer, no serviría de nada; me obligo a cumplir tratando de darle disciplina a esta voluntad que últimamente actúa sólo después de varias resistencias, fricciones con el entorno. [Ficciones]
La semana pasada, estando frente a una pantalla, trataba de entender las sensaciones de los protagonistas de la película. Lo único que entendí es que tanto dulce no me hace bien. Reitero entonces, mi disgusto por la cursilería y el drama propios de “los amores eternos” que han resultado ser tan buena mercancía, el ingrediente perfecto de un best-seller o un blockbuster. Bah...
Alguien me había contado que le encantaban la película y los libros estos, porque era la relación que esperaba tener, entiéndase por relación, pareja. No tenía idea de qué me hablaba, pero esperé mucho más que un protagonista que es capaz de seguir todos los clichés sobre el amor y toda esa cuestión…
Yo no sigo eso ni nada, al parecer lo único que hago es correr y aterrarme, callarme…
No, yo sé, lo mío por ser lo opuesto, es muy parecido. Los dos son tipos de cobardía. Uno es desespero por hacer parte de las imágenes de películas mal hechas, mientras el otro es desdén, malestar frente a lo conocido, a eso que siendo desconocido, porque todavía no ha pasado; parece posible sólo a través de un camino, el de siempre.
En fin, corro, callo, la cago, pero no ruego. Si nadie es capaz de permanecer ahí, esperar o entender, entonces no vale mi pena.
Y sí quise algo distinto, pero eso ya no depende de mí, nunca debió depender de mí, soy un puto rosario de contradicciones: sí, no, tal vez. Ese rosario al que nadie le reza, ni le pide o promete, ese que nadie quiere colgarse al cuello. Pero, ¡No faltaba más! Es mi rosario, mi cuello.
Me esfuerzo por encontrar un punto medio, y eso resulta siendo, sin saber cómo, cualquiera de los extremos. Es por eso que casi siempre puedo hacer parte de mis críticas.
-No me preguntes que te voy a decir la verdad, una parte de la mía [].

martes, 17 de noviembre de 2009

Dulce♫

Segundo, me emputa que la imagen de la mujer buena todavía se reduzca a su responsabilidad por la familia. Yo entiendo la importancia que tiene la familia y la mujer dentro de ésta. Estudié en un colegio del opus y mi familia todavía sigue muy arraigada a esa idea, a esa que va acompañada a la fobia por los solterones y por los hombres que no responden. Entonces, claro que sé sobre la importancia de la mujer. Incluso sé que se ha vuelto un problema que las mujeres en los países desarrollados no quieran tener hijos ni familia pues la nación se queda sin materia prima que garantice el movimiento de la economía del país y mantenga a los viejos, que jubilados, creen poder VIVIR después de tanto trabajo y esfuerzo. Sé, pero por el momento, no me parece atractiva la idea en lo más mínimo.

Saliéndonos un poco de mi disgusto por siquiera pensar en tener hijos, hoy o mañana, quiero tratar de definir lo que, aparentemente, todos los hombres buscan: una mujer buena.

La mujer buena es aquella con la que los hombres se quieren casar, la que quieren como mamá de sus hijos (imposible salirse de este tema si hablo del rol de la mujer). Por eso el matrimonio era una forma de demostrar que sus hijas eran buenas, que habían terminado con un buen hombre. Un día, hablando con mi abuelo, que debe tener casi 80 años, nos dijo que él, que había bebido y aguantado hambre por volarse de su casa, se había casado con una buena mujer, después de mucho buscar.

Encontrar mujeres buenas no es fácil- dijo.

Y para que no digan que sólo estoy hablando de otro siglo, por citar a mi abuelo, y que esto nada tiene que ver con lo que pasa ahora, también cito a las compañeras de mi salón, o las niñas de mi universidad, que ni siquiera compañeras son. Las primeras me dijeron una vez que teníamos que dejar de decir groserías porque a los tipos no les gustaban las mujeres que decían groserías. Yo ya había empezado a decirlas desde octavo, y en adelante de manera creciente. Al final uno llega a un tope, no se pueden reemplazar todas las palabras por unas groserías, no es la idea tampoco; pero sí han sabido expresar la idea muchas veces, sin necesidad de explicarme demasiado, lo cual resulta recurrente. Las segundas hablan de tipos que las sostengan cuando terminen su carrera, de la edad en la que quieren tener hijos, de la necesidad inmediata de tener un novio, un compromiso serio que certifique que pueden gustar, que son deseables.

Partiendo de esto, podemos decir que una mujer buena es pues una que cuida de su esposo y sus hijos, una mujer fiel y algo sometida, supongo. Además, podríamos decir que un buen hombre, es aquel que está dispuesto a casarse y a responder, no sólo económicamente, por sus hijos y su esposa.

Esta definición puedo complementarla porque estuve presente el día en que mi abuelo, algo tomado e indignado por tener que presenciar la sola existencia de hombres mantenidos, nos dijo lo que para él era un hombre bueno para una mujer:

“Un hombre bueno para una mujer, es aquel que es berraco, toma trago y es capaz de responder por su familia. Un huevón, no!”.

[Sí que me gustan estos momentos familiares, aunque no siempre sean en familia]

Y entonces, creo que he llegado al punto común que comparten las definiciones sobre un buen género, aunque no necesariamente un buen sexo, en esta época, que es finalmente de la que estoy hablando.

[Lo que menos quiero, porque lo considero algo anacrónico, es juzgar lo que piensan mis abuelos, cómo creyeron que debían vivir su vida. No, no es esto lo que me propongo, porque así no lo comparta, atesoro las historias, y atesoro mucho más el hecho de que hayan hecho parte de algo, de que se lo hayan creído en serio.]

En esta época, generación si se quiere, de la que soy juez y parte, los hombres y las mujeres “buenos” (ya dije que se ha mantenido la definición de hace unos años, aunque de una manera velada), son mojigatos; dulces. Niñas que dicen que llegarán vírgenes al matrimonio y se desesperan por casarse sin tener más de 20 años, para poder cumplir y poder dormir en las noches si caen bajo la presión; o cuando el hombre dice que le encanta ver escenas de lesbianas o porno, pero no puede soportar que su pareja, suponiendo que le importe lo suficiente para darle ese nombre, lo haga.

“mojigato, ta. (De *mojo, voz para llamar al gato, y gato). 1. adj. Que afecta humildad o cobardía para lograr su intento en la ocasión. U. t. c. s. 2. adj. Beato hazañero que hace escrúpulo de todo. U. m. c. s.”

[De todo lo que escribo podrán haber excepciones, siempre las habrán y en distintos grados, pero me abstendré de mencionar constantemente que no soy injusta, simplemente porque dije que lo era, a pesar de ser consciente de que existe gente distinta]

miércoles, 28 de octubre de 2009

Duermo, duermo muchísimo, me levanto y tengo sueño, y entre más duermo más sueño, y claro, más me arden los ojos. Me levanto tarde, creo que no me bañé, pero ya no me acuerdo...

Alguien sonriente me cuenta sobre su exitoso reconocimiento, y me alegra, en serio. Me habla después de lo que le dijeron que debería hacer frente a ciertas cosas, las reacciones que uno debería tener, las que son saludables y no dejan que nada se vaya acumulando dentro, las que permiten que estés limpiecita todo el tiempo. No me alegra eso. Alguien diciéndome cómo tengo que hablar, sorprenderme, reírme?, ¿cómo estar limpia? ¿cómo ser saludable? Me arden mucho más los ojos ahora, le trato de explicar que esa no es la idea de ir donde un psicólogo, pero me habla de lo beneficioso que ha resultado hablar con alguien sobre todo lo que tenía guardado; no dudo que lo haya sido, pero sigo con la idea. No voy donde nadie para que me diga lo que tengo que hacer, ayuda es una cosa que se puede confundir con silencios y consejos; reglas de acción son otras. Las últimas no las acepto. Punto.

La conversación sigue, me cuenta sobre las conclusiones a las que le han ayudado a llegar, según eso, se ha dado cuenta de que no puede sola…

-Ahhh? No, ya no más, voy para asegurarme de que esto siga siendo sólo ardor. Adiós, felicitaciones por tus descubrimientos.

Algo estalla en la calle, la gente corre y se calma, vuelve a sonar, corre más gente. Miedo, sí, la gente que se tapa media cara da miedo, pero en fin, no me moví, no me ardieron los ojos. Después veo un ratón muerto en la esquina y siento como si me dijeran: “Si sigue llorando por nada, le voy a dar razones para que llore por algo, carajo!”. Fair enough.

sábado, 24 de octubre de 2009

Be brave!

Empecemos por el principio. Algo encontré. Parece ser que después de las groserías del momento, de estar a la defensiva siempre, pasando por mal educada, sólo queda la voluntad expresa de no reprochar ni preguntar demasiado, la voluntad, el compromiso de estar ahí y escuchar, nada más, sin peleas ni gritos justificados por un claro irrespeto. Se diluyen las ganas de hacer eso, de hacer respetar lo mío cuando alguien se cree autoridad en campos totalmente ajenos… ¡Puta! Me estoy demorando demasiado, estoy siendo demasiado condescendiente, estoy dando demasiadas prórrogas, demasiadas exenciones, muchas reflexiones… porqué tiene que ser esto tan complicado?!. Igual, sé que “hacerle tanta conciencia a las cosas no me va a dejar vivir tranquila” es cierto, pero se ha vuelto casi involuntaria, ¡una conciencia involuntaria! Imagínese eso...

“Eso se oye muy feo”. Claro, cómo no si le acabo de decir que hay momentos en los que no me interesa conocer a nadie, sino que sólo me interesa su capacidad de saciar las ganas, producto de la voluntaria abstinencia y de sus comentarios que aún soy incapaz de clasificar. Cómo no va a sonar feo si le digo que me dejo llevar por los sentidos, por las apetencias que no distinguen entre un buen gusto o no. Sí, suena feo, y?.

Comentarios que afilados, muchas veces me dejan perdida cuando muestran un camino claro de reproche, regaño o descripción de existencia: lo que se dice en broma casi siempre es verdad, pero mantiene presente la garantía que dan las risas si las cosas no salen como uno lo esperaba, si el público no estaba preparado, si hiero susceptibilidades o si soy injusta cuando establezco rápidamente, tal vez demasiado, la relación entre experiencia ajena y escala de valores.

Qué fea sensación, cómo comentarios que podría hacer cualquiera los hace usted que no está lejos.

Lo mejor es tratar de ser menos influenciable, pero sobre todo menos nostálgica, más decidida a hacer y vivir con eso, a aceptar consecuencias, a encontrar otros caminos. Decido hacer, conocer, experimentar, dejando de lado las culpabilidades que puedan surgir propias de la educación, quiero ser un poquito más libre, quiero desafiarME, poder salir con ojos que estén sólo lo suficientemente irritados para poder ver lo que queda después.

Sé que cuando escribo así, cuando todo está en la lengua, escurriéndose por los labios y los dedos, soy injusta, demasiado emotiva, demasiado descriptiva, de pronto. Por ahora no importa, veremos después y espero, claro, tener la valentía de aceptarlo cuando otras variables se hagan más visibles, cuando tomar posición sea algo más desarrollado.

Juego a quedarme quieta, a ser el medio que son incapaces de manipular, a mostrar cómo el fin es un vacío. Juego a ser la excusa para que encuentren reproches que estando dentro de sí sean incapaces de ignorar. Juego a odiar y superar a través del silencio.

No. No más juegos, mirá que no hay repuestos.