Hiding place

Hiding place
Hide me from any, sorry! everyone

domingo, 27 de febrero de 2011

Advertencia

No, absténgase, no me diga nada de esas cosas que cree que siente por mí, no me diga porqué le gusto y no me haga decirle que no siento lo mismo y que incluso así podemos ser amigos. No me diga nada, se lo advierto, después, como siempre, me desquicio y cuando más me siento sola empiezo a tomar retazos de esos momentos que creo justificados solo porque sucedieron [anacronismo] y creo sentimientos en busca de situaciones ya imposibles.

Eso, que sean imposibles [vieja cobarde!], debe ser lo que me da el espacio para quererlo todo.

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¿Y si el amor es egoísta soy yo la más generosa?

domingo, 20 de febrero de 2011

Reticencia

(Del lat. reticentĭa, de retĭcens, reticente).

1. f. Efecto de no decir sino en parte, o de dar a entender claramente, y de ordinario con malicia, que se oculta o se calla algo que debiera o pudiera decirse.

2. f. Reserva, desconfianza.

3. f. Ret. Figura que consiste en dejar incompleta una frase o no acabar de aclarar una especie, dando, sin embargo, a entender el sentido de lo que no se dice, y a veces más de lo que se calla.

viernes, 18 de febrero de 2011

Sobre el respeto

"Con todo respeto, usted es un hijueputa" [Crónicas de un paro]

viernes, 28 de enero de 2011

SinMetáforas

Siendo Manizales un momento de revelaciones, espacio y tiempo en el que descubro la brecha entre lo que pienso, lo que creo real y La realidad; no deja de ser por eso, por el hecho de que su moraleja haya sido esperar [con los brazos abiertos] sólo de los incondicionales, más cálido que Bogotá que me recibe en una esquina del centro escupiéndome a la cara.
Para compensar, depronto el pelo y una mejilla me brillen más ahora.

jueves, 20 de enero de 2011

T<->P

No me gusta lo que me adscriben, las características que utilizan para clasificar a una mujer, para hablar de mi. No me gustan. Incluso si soy capaz de hacer parte de la definición, incluso si me merezco la palabra (siempre habrá un caso en el que, siendo la responsable, cumpla con las condiciones de la palabra y la persona que la dice), no me gusta. No soy ESO, aunque ESO pueda ser ciertamente una parte. Y bueno, los que las usan no tienen la culpa: he sido capaz...
Entonces ni alebrestada ni calmada, ni terca ni pasiva, ni relajada ni obsesionada, ni tierna ni seca, ni conversadora ni callada, ni borracha ni juiciosa, ni fácil ni difícil, ni cobarde ni valiente; ni buen ejemplo ni antiejemplo.
No soy ningún absoluto, solo logro ser partes, fragmentos que sean capaces de vivir esto que resulté siendo...

domingo, 19 de diciembre de 2010

Tanto y tan poco

Las palabras son eso.

La herramienta con la que podemos dar a conocer lo que pensamos. Lo que nos permite pensar, organizar ideas, poder crear otras. Siempre pasa que, escribir, además de ser una forma de catarsis, es la mejor forma de ordenar las ideas y poder hablar de ese mismo tema con más claridad. Tanto…

No solo ayudan a organizar ideas, son capaces de representar cosas inexistentes [aún] y ser el soporte de aquel que creyéndose incapaz de cambiar este mundo, decida crear uno más bello y sin tantas desilusiones a partir de descripciones en un papel que den forma a aquello que solo está en su mente. Tanto...

Son el gancho, el anzuelo con el que nos atamos a la realidad, al futuro y al presente, el gancho que nos permite acercar la brecha que existe siempre entre la intención de hacer algo y que eso se haga efectivamente. Tanto…

Son el punto común, lo que siendo público permite comunicación, y a la vez, permite diversas interpretaciones de manera que cada persona pueda usarlas para acercarlas y hacerlas más íntimas. Tanto...

Símbolos que tratan de representar, de manera exitosa o no, sensaciones, realidades enteras, mi mundo, el suyo y el que compartimos. Créalo o no, no siempre son el mismo, hardly ever. Tanto...

También viven, a veces creen ser lo suficientemente independientes y no les basta representar mundos, ser el medio que une distintos significados (a través de las definiciones), y son significados ellas mismas: transmiten no solo lo que representan sino todo aquello que el contexto y quien las utiliza pueda añadir o restringir a la idea inicial. Tanto...

Las palabras consuelan, aman, incluso a veces te abrazan, te atan a este mundo y a los demás de distintas maneras que siempre sobrepasan cualquier descripción. Tanto y tan poco...

Y solo eso, palabras, herramientas que sí, provocan infinitas cadenas de causas e influyen constantemente en lo que pasa en el mundo; pero incluso así, solo palabras. Así, no se hace la revolución solo diciéndola ni se ama u odia solo con pensar, decir o escribir estas palabras. Las palabras resultan ser anzuelos que no garantizan nada porque no son infalibles. Tan poco...

Además, el hecho de que sean públicas muchas veces logra reducir su capacidad de representación. Cuando se olvida el objetivo, la pretensión de las palabras, y se las usa por inercia, costumbre; entonces dejan de representar. Decir que estás bien entonces, no representa que de hecho lo estés y en cambio, se convierte en una forma de seguir el día y empezar conversaciones sin-sentido. Tan poco...

Incluso así, reconociendo que cuando las palabras se utilizan sin pensar en su significado se devalúan porque ya no se diferencian entre ellas; éstas, las palabras, siempre están representando algo más, no su significado sino las intenciones de quienes hablan. Intenciones desnudas pero inconscientes. Esto, de ser verdad, de albergar visos de verdad, no sé que tanto o qué tan poco podría considerarse, imagino que ambas, como el resto de las afirmaciones...

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Sin director aún

[No sabe la pena que me dio. Me pareció que había sido innecesario llamarlo y escribirle. Esto de estar queriendo destapar todos los huecos haber hasta dónde puedo llegar deja sin-sabores.
No llegar a los límites, no rozarlos, dejar que los miedos y las dudas te lleven de la mano evitando ciertas situaciones, es simplemente una forma de abrigarse de decepciones para seguir soñando después con qué podría haber pasado and what if...
Incapaces de darle la cara a lo que, de hecho, pasaría...]

martes, 14 de diciembre de 2010

!WTF

[MInd]
- Usted es alguien con la que yo no quisiera hacer muchas cosas que querría hacer con otra mujer...
[Y de qué te quejas? eso era lo que querías, no? No cumplir el prototipo de otras mujeres? Y bueno... a eso es a lo que te lleva que no te vean como una mujer, que no te quieran como una... cosas de ese estilo, consecuencias de decisiones que tomas]
-Usted no es una mujer con la que [solo] tendría sexo...
[La cagué, ¡puta vida!]

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Y según esto, podré conseguir el libro que quiero solo donde ni siquiera saben que lo tienen. (!)

martes, 2 de noviembre de 2010

Ahora pienso en eso, en que ya podría dejarme ir, dejarme caer, dejarme llevar sin remordimiento alguno porque lo estoy disfrutando. Después de darme cuenta de lo feliz, de lo emocionante, de cuánto me gusta, me asusté, me advertí que usted seguía siendo un hombre, y que al fin al cabo, lo más seguro es que se fuera después de que le haya entregado todo. Yo, sin remedio, tendría que superarlo y hasta llorarlo, por qué no, si en estos días en los que estoy en un punto medio, en la zona gris, ni triste ni feliz; podría tocar el fondo y la cima fácilmente, por qué no superarlo de una manera más dramática y ojalá menos duradera, por qué no? [...]

Y bueno... para mi asombro, la preocupación no duró mucho. Acepto las consecuencias, no es un novio lo que yo quiero, no es una relación de larga duración lo que estoy buscando, no es estabilidad ni aburrida cotidianidad, no. Ya tuve la oportunidad de empezar algo parecido a eso: algo seguro, por lo menos segura de que algo sentían por mí; y decidí esto: este jueguito de utilizar los mismos medios sin decirme nada explícitamente. Busqué las cosas así, disfrutar, he dicho por ahí y para recordármelo está este blog y las demás posibilidades...

Quiero, esta vez sí quiero sin quererlo. Esta vez parece menos complicado empezar las cosas porque quiero, me gusta y sin embargo, no lo quiero aún.

[¡Que quede claro, por lo menos, lo perdida que estoy!]

lunes, 18 de octubre de 2010

Emotionally dumb

Pobre hombre... -dice
Quién? -le pregunta mi mamá mientras lo miro con atención.
¡Yo, que soy un guevón! -le responde mi papá.
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Lo quiero mucho- mis únicos indicadores son el tiempo y la preocupación, no encuentro más.
Igual, si preguntan, no fue mi culpa, no es que tenga nada de lo que dicen los test de alexitimia, no, la culpa es de la gente que se tira las palabras por usarlas sin razón alguna, y entonces a mí, que quiero utilizarlas bien, me toca complicarme con ese tipo de cosas, tratando de definir lo que nadie ha definido satisfactoriamente [modestia!], tratando de dar indicadores que no voy a sentir porque no puedo hacer dos cosas al mismo tiempo...[!]
Me he dado cuenta, también, que esto es decisión personal. No es que no pueda decir lo que todo el mundo dice y hacer lo que todo el mundo hace, si quisiera, también podría vestirme igual que todas las niñas para que no me jodan cuando quiero entrar a un sitio. Es una decisión, podría hacer parte de eso, pero no quiero. Viene lo mismo, lo que creo que le da mérito al hecho, no rayo en los límites de lo que puedo hacer y entonces lo que hago no es solo todo lo que puedo sino lo que quiero. No mantengo la línea azúl sobre la roja.
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“… uno empieza fingiendo que menosprecia las cosas y las acaba de verdad despreciando” (pg 188, Basura, Héctor Abad Faciolince)

Quiero fingir algo, no, no quiero fingirlo, quiero sentirlo o no hacerlo, y de repente, cuando quiero cambiarlo, cuando me cansé de jugar, resultan que son reales.

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sábado, 16 de octubre de 2010

Me siento. Triste. Querer las cosas con tantas ansias, esperarlas por tanto tiempo, planearlas, fortalecerlas, a ellas, te hace muy vulnerable...

domingo, 10 de octubre de 2010

Kill-Ing

Me soñé que mataba al hijueputa que vive en esta casa, al hijueputa al que le he visto el culo y el que me ha visto todo. El cristiano converso.

Me soñé que le cortaba la lengua cuando me reprochaba por tener muchos amigos, por quererlos. Puta, me decía.

Se la cortaba por tener cartas que había sacado de mi cuarto y hablar de recuerdos de noches en vela mirándome mientras dormía. Se la cortaba en pedazos, blanca, cuando me cogía los brazos y se abalanzaba sobre mí. Después también, le corté las orejas. Todo se lo cortaba con las tijeras que estaban sobre la mesa amarilla en la que estaba apoyada, mientras su esposa cantaba en el cuarto del lado y en la cocina la portera planchaba.

Lo metía en una bolsa negra y lo acostaba en la cama de su esposa, a su lado, para que no lo extrañara.

Me aterraba: acabo de matar a alguien, ¡matar!

Llegaba mi mamá, que quería ayudarme a organizar. No hay tiempo, le digo, ese desorden de la bolsa no lo arregla nadie.

¡Vámonos, que no me quiero ir a la cárcel, vámonos mamá!

Bajábamos, por las escaleras unas partes, en un ascensor sin paredes, otra.

Me encuentro a una amiga en el camino que va a visitar a la esposa. Abro la boca: No vayas...

viernes, 27 de agosto de 2010

Soñé que me mataban. Mi prima, con algo redondo, me aplastaba la cabeza, la parte de atrás. Me miro al espejo, estoy vuelta nada, no me veo el cerebro ni nada, pero sí hay mucha sangre y la cabeza tiene la forma del arma, que pudo haber sido un balón, un trofeo. Empiezo a tambalearme en la casa que tiene piso de madera. Llego a una escalera. Me caigo, me quedo mirando al techo, no me voy yendo, no veo un túnel, simplemente me relajo. Vuelve mi prima, la que está a punto de convertirse en asesina, y me limpia, la cara y la sangre que hay alrededor.

Sin resentimientos.

Además, solo me acordé del sueño cuando un amigo me dice que estoy helada y me pregunta si estoy viva. Recuerdo el sueño, le respondo que, después de todo, sí lo estoy.

martes, 10 de agosto de 2010

Now, I'm the one who's free of your spell

He vuelto a pensar en usted, en la alegría que me daría verlo, en lo bien que se sentiría abrazarlo. Mucho mejor, supongo, que los encuentros de hoy; después de solo dos meses. Mejor, no porque sea usted una mejor persona, sino porque he esperado más tiempo, la ausencia es más larga: 3 años.

3 años que no han pasado inadvertidos, como si nadie supiera que el tiempo está pasando, como cuando dejas de ver a los niños un tiempo y al verlos nuevamente, no crees que haya pasado ese tiempo para que hayan crecido, para que sean diferentes a lo que recordábamos. No ha sido así ese tiempo por varias razones que los dos conocemos, más yo que usted. Tal vez porque cada que hablo de esto, de las causas y las posibilidades, me acuerdo que no está acá, y ni siquiera cerca.

A pesar de lo escrito mucho antes o hace apenas unos segundos, hoy lo recordé sin dolor, sin impotencia, sin tristeza. Hoy lo sigo queriendo, pero la añoranza puede pasar a segundo plano para darle lugar al ahora, al presente que hoy disfruté.

No querer arreglar los recuerdos, estancándome en el pasado, es defender las palabras vivir, existir, disfrutar. Insisto que todo se remite al presente, debe hacer referencia, ante todo, al presente. Entonces, si dejé de perderme en el pasado (por lo menos la intensión existe), debo dejar de vivir en el futuro, de cosas poco prometedoras que solo lograban entristecerme.

Sin dolor, dije. Sí, sin dolor. Lo pienso sin remordimientos, sin celos, sin nada que me arranque las entrañas.

Por fin dejó de dolerme...

sábado, 31 de julio de 2010

arOs

[Explicación:] Aunque el color naranja podría parecer, en estos tiempos donde todo se tiene que poder porque todo depende de mí, pesimista; no es así. Reconocer que hay cosas por fuera de mi alcance solo significa que para ampliar ese límite (rojo) debe haber un proceso, cambios. Lo que puedo siempre tiene la posibilidad de ampliarse pero en el momento en que deseo o decido, hay establecido un límite que no cambia a menos que cambien también las situaciones en las que quien decide/desea se encuentra.
Después de escribir esto, aunque el "diagrama" podría ser recibido con regocijo por estos tiempos, talvés por considerarlo material didáctico para niños en crecimiento; tampoco todo se puede y esa idea también puede leerse en los círculos del dibujo. Hay unos límites, la razón no todo lo puede, ni conocer ni hacer, y re conocer que existen es algo saludable en todo sentido.
Entonces, si asumimos que ser feliz es hacer las cosas porque quiero, porque de esta forma se garantiza cierta individualidad y libertad, entonces podremos decir también que querer cosas que puedo son una condición necesaria (no sé si suficiente) para ser feliz.
Hacer las cosas porque quiero, eso es ser feliz.
Soy feliz cuando mis posibilidades son más amplias que mis deseos.
Felipe tiene razón en algo: soy una calienta-huevos. No sólo escribo esto porque acepte que lo soy, sino porque descubrí por qué me gusta. Me gusta porque da cierto poder, cierto control sobre la situación.
En estas situaciones, en esas en las que me puedo dar el lujo de ser la última que decide, se amplía mi campo de posibilidades y lo que quiero no me “frustra” (ésta es una palabra muy grande para el tema del que estoy hablando) por sobrepasar mis capacidades y en cambio, hace lo que quiere sin obstáculo alguno.
Entonces escojo decir no a cosas o personas a las que hubiera aceptado más que complaciente cuando no existía la posibilidad y “sufría” por querer más de lo que podía.

sábado, 24 de julio de 2010

Me siento cansada, sin-ganas; triste. Masoquista: quien se asoma por la ventana de los otros y logra extender sus deseos sin poder extender sus posibilidades por medio de comparaciones inevitables y siempre odiosas. Leeré mafalda.

viernes, 23 de julio de 2010

Por un tiempo pensé que los libros tenían un efecto agregado en sus dueños, en los que además de tenerlos, los leen. Es decir, que las personas que leían estaban por encima del resto. Pensé que entre más leían, mejores personas podían ser. Ciertas cosas me han mostrado que no siempre es así, y que incluso los que más leen son los más lisiados para tratar de escribir algo fuera del papel, su propia historia, impedidos para ser protagonista y no lector o narrador, para merecer aunque sea una línea en el papel. Es más, terminan muchas veces, confundiéndose con la “masa iletrada” de la que se ríen, esa que no sabrá cómo pedir un café por el que pagarán tres veces su precio…
[IDon’t like those places].

domingo, 11 de julio de 2010

Instante

No sé desde cuando me empezaron a parecer odiosas las interminables fotos a cada instante, con cada persona, en cada lugar, desde cada ángulo posible en el que se pueda estar. Como si fuera necesaria una prueba de cada cosa que pasa. Como si su sola existencia, la de la realidad, no fuera suficiente.

Nada tengo que justificar cuando las cosas pasan, nada tengo que citar o mostrar. Las cosas pasan incluso si no las recuerdo después. Es esto tal vez lo que impide que queramos cambiar las cosas, nos sentimos anclados por nuestro pasado, aquel que recordamos constantemente, definidos sólo por esto. Desde el ahora estamos pensando ya en la creación perfecta de nuestro pasado, de nuestros recuerdos; lo cual –creo- impide que se disfrute.

Nuestros primeros recuerdos, los que decidimos atesorar, se convierten en la tabla con que se medirán mis siguientes actos. Mi presente no logra diferenciarse mucho del pasado próximo sin que pueda considerarse algo incoherente que sólo puede y debe ser justificado por una alteración excesiva de los sentidos y los reflejos, ojalá pérdida de consciencia.

Pero a pesar de los recuerdos a los que nos aferramos cuando evitamos olvidarlos al tratarlos de manera especial, las cosas cambian. El pasado, de lo que vivimos, los recuerdos que construimos con fotos, cartas, recipientes con letras tal como las que acabo de escribir; todo eso, a pesar de ser real porque pasó, porque encontró lugar para existir (el papel o mi boca, la de cada uno), cambia, deja de ser. Dejas de querer, dejan de gustarte ciertas cosas (no precisamente porque estés evolucionando, madurando); empiezas a querer a otras o de otras formas, tu gusto cambia y tu forma de actuar también debería.

Las cosas cambian, y para no ser esclava del tiempo, del pasado que apenas creo, hay que disfrutar.

Yo, disfruto mucho más las cosas cuando no estoy pensando en ellas. La “consciencia” sobre la situación que se disfruta, siempre trae consigo –en mi caso- la preocupación de que se va a acabar, de que el recuerdo no va a ser suficiente, de que me acabo de tirar el momento. No se puede ser el narrador (omnisciente) y hacer parte de la obra al mismo tiempo. No sin tener que fingir sensaciones a partir de sus definiciones. [Me encantan los diccionarios].

Disfrutar es dejarse llevar por el momento, por las sensaciones, no pensar en él, ni siquiera en palabras que las describan, simplemente sentirlas, vivirlas. “Dejarse llevar”. Esta expresión sí que me parece problemática, para mí, para la menopáusica que odia citar. No porque quiera robarme las ideas de alguien, sino porque no me gusta pensar que todos los caminos ya fueron recorridos y que lo único que queda es crear diálogos ficticios por medio de mis manos y mi boca con palabras, ideas ajenas… Ahhh…

Entonces, ¿Dejarse llevar para disfrutar? ¿Y la resistencia, la voluntad de hacer las cosas distintas al querer dejar de ser unas cosas y empezar a ser otras? ¿Y las palabras, el poder que tienen, la fuerza de la que me valgo para no ser tan incoherente, para cumplirme, para no dejarme llevar por la historia, la costumbre; para que no se ahogue lo que quiero distinto? … sáLm-oN!

lunes, 5 de julio de 2010

Bulletproof

Hace poco le perdí el amor a la esperanza, a eso que creía era el motor de todo cambio, sobre todo de los cambios grandes, los que eran capaces de envolver a toda una sociedad que se creía capaz y poderosa por una vez en su vida. Se lo perdí. No quiero quedarme esperando, no quiero que cosas me queden pendientes, no quiero temerle a la muerte al tener que pedirle siempre prórrogas para poder hacer lo que yo quiero.

La esperanza es lo que permite que las cosas se queden tal como son, que no haya cambios ni sorpresa alguna, que todas las novedades se queden encerradas en un futuro en forma de sueños que nunca llegan, futuro que nunca encuentra tiempo. Futuro que se convierte en el único plazo que no se cumple.

.Sin Esperanza. Para darle la cara a la muerte sin miedo, para darle valor a la vida por lo que permite y no por lo que se debe evitar para darse más tiempo; para "tratar de hacerme invulnerable a las balas". Y es que, finalmente, si “una sola golondrina no hace verano”, no tengo problema en morir en invierno.

domingo, 4 de julio de 2010

Intuición

(Del lat. mediev. intuitĭo, -ōnis). 1. f. Facultad de comprender las cosas instantáneamente, sin necesidad de razonamiento. 2. f. Resultado de intuir. 3. f. coloq. presentimiento. 4. f. Fil. Percepción íntima e instantánea de una idea o una verdad que aparece como evidente a quien la tiene. 5. f. Rel. visión beatífica.
De alguna manera, esto se me perdió en el camino.

sábado, 3 de julio de 2010

Silvia en N.Y. Pedro Juan Gutiérrez

EN EL INVIERNO de 1992 Silvia visita New York por tres meses y se aloja en el apartamento de una prima en 94 St. West, a un costado del Central Park.

Una tarde, diez minutos antes de oscurecer, camina apresurada y cuidadosamente por un sendero del parque. Se concentra en sus pasos porque hay rachas de viento. El piso está helado y puede resbalar.

Es una zona completamente desolada. Sólo los árboles, los bancos y el viento frío. Un poco más allá hay unas canchas de tenis. Vacías. Silvia lleva las manos en los bolsillos de su largo abrigo negro. Palpa un paquete de tarjetas, con la reproducción de uno de sus cuadros. En el reverso está impresa la invitación para la apertura de su primera exposición personal en N.Y. Dentro de tres días. Consiguió una galería que está bien. No es de primera categoría pero tampoco es de cuarta.

Silvia piensa cómo va a organizar el vernissage y hace cálculos para el futuro. Su sueño dorado es encontrar un marido millonario que la mantenga, para ella entregarse totalmente a su arte. El viento está muy frío. Tiene la cara y las orejas heladas. De repente aparece un negro alto y robusto que la agarra por un brazo y le dice algo en inglés. Silvia se horroriza y piensa: “Oh, no, a mí no me puede pasar esto. No puede ser”. El tipo tiene la pinga tiesa bajo el pantalón y el zipper abierto. Ella intenta zafarse pero la sujeta una mano de hierro. Es tanto el miedo que le invade un frío intenso en todo su cuerpo y comienza a temblar. Piensa decirle: “Oh, please, please”. Pero no. Le parece ridículo decir solo eso. Se le olvidó todo el inglés. Es como si tuviera la mente en blanco. De nuevo intenta desprenderse y salir corriendo. El tipo entonces la agarra por los dos brazos y la atrae hacia sí. Intenta besarla. Ella huele su aliento a tabaco y alcohol y se asquea. Ladea rápidamente la cara y se echa hacia atrás. El tipo la besa en el cuello y la chupetea. Ella forcejea un poco más. El hombre la empuja. Silvia pierde pie y trastabillea. El la sostiene para que no se caiga. Es un mastodonte jugando con un pajarito. Silvia es muy delgada y endeble. Y no deja de temblar. El tipo la lanza contra un banco y la obliga a sentarse bruscamente. El permanece de pie. Con la mano izquierda la aguanta por el hombro. Con la derecha busca dentro de su pantalón y saca una tranca negra, tiesa, larga y gorda. ¡Cojones! Silvia la mira. Tiene que mirarla porque está a dos centímetros de sus ojos, y piensa: “¡Coñó, ahora sí se jodió esto. Tremendo pingón, madre mía! ¡Si me la mete me raja en dos, me destroza el muy hijo deputa!” Respira profundamente y se muerde los labios con fuerza. “¡Ay, mi madre, ¿por qué a mí?!” Se acuerda de Jesucristo en la cruz. No reza desde su adolescencia en las “Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús”, en La Habana. Todo pasa por su mente en fracciones de segundo. Se ve arrodillada entre los bancos de la capilla, rezando y mirando a Jesucristo crucificado. Le gustaba. Fue el primer hombre que le gustó. Era bellísimo, con aquel rostro dulce y sereno. Y el trapito blanco amarrado a la cintura y cubriéndolo. Era erótico. Lo más erótico y sensual que podía encontrar a su alrededor.

El negro le decía cosas en inglés. Murmullaba. Demasiado slang. Silvia no entendía. No había nada que entender. Todo era evidente. El tipo se masturbó con la mano derecha y con la izquierda palpó por debajo del abrigo de Silvia y le tocó sus muslos. Ella usa un blue jeans viejo y cómodo. El tipo intenta romper el botón desgarrando la tela. Silvia recordó como un flashazo una película argentina que se desarrolla en la Tierra del Fuego. Federico Luppi tiene que ir a Buenos Aires y se despide de su mujer. Ya a punto de irse, el último consejo es: “Si te van a violar, relájate y goza”.

“Relájate y goza, Silvia, relájate y goza”, se repite un par de veces. Entonces recupera fuerzas y mira la pinga del tipo. Está a medio palmo de su cara. No puede. Le da asco. El tipo sonríe satisfecho. Le están saliendo bien las cosas. Se masturba rápidamente y sigue intentando romper el pantalón. Quiere meterla de todos modos. De golpe Silvia recupera la voz y, sin pensar le grita: -Fuck you, man! Use condón, son of bitch, hijo deputa! Use one condón! ¡Negro singao, maricón, abusador, hijo deputa, ojalá tuviera una pistola aquí, abusador! Fuck you! Use one condón!

El tipo, con su voz bronca, le dijo algo ininteligible y le sonó un par de galletazos por la cara que hicieron estremecer el cerebro de Silvia. El tipo quizás estaba drogado. Pegaba muy duro. Era mejor no enfurecerlo. No tenía preservativos. No le interesaban. Siguió masturbándose con la derecha. Con la izquierda registra en el pantalón de Silvia. Mete la mano por debajo del sweater y la camisa de lana. Toca la suave piel de ella. El tipo no lleva guantes y tiene las manos heladas. Le agarra las tetas. Las teticas. Silvia está muy delgada y tiene unos pechos diminutos. Siente aquella mano grande y áspera cómo las soba y le aprieta los pezones. Silvia piensa velozmente: “Le hago una paja y me voy corriendo. Este negro cabrón puede tener sida. Si me mete esa tranca me raja en dos pedazos y me deja aquí desangrándome. ¡Que se la meta el coño de su madre!” Rápidamente agarró la pinga con la mano derecha y se la masajeó. Es muy gorda y muy larga. Ahora se ha puesto más grande aún. Es enorme. “El forcejeo es lo que excita a este hijodemalamadre”, pensó Silvia. Se la apretó bien al tiempo que le bota la paja. Necesita entretenerlo y que se venga rápido. Silvia sabe hacerlo perfectamente. En La Habana se ha templado a unos cuantos negros. Pero siempre ella tenía la ventaja de ser blanca, joven y bonita. Los negros le perreaban atrás un buen tiempo hasta que al fin ella se decidía a dirigir la operación y llegar a la cama. Siempre tenía el sartén por el mango. Ahora se sentía humillada. Por primera vez en su vida. Le escupió en la cabeza de la pinga, pero casi no tenía saliva. El miedo le dejó la boca seca. Movió la lengua contra el cielo de la boca y acopió saliva porque de lo contrario el tipo le iba a meter la pinga en la boca y la obligaría a mamar. La paja le estaba saliendo bien porque el tipo emitía sonidos de placer. Ella temblaba. Sentía la mano congelada que le sobaba los pezones y se los pellizcaba. Ella se esforzaba con sus dos manos dándole pa´atrás y pa´lante. Se la meneaba y miraba alrededor. Nadie. No aparecía nadie. Aquello era un desierto semicongelado. “Ay, mi madre, si apareciera un policía y le entrara a palos a este negro cabrón”. Ella seguía meneando con las dos manos y mirando a uno y otro lado. La pinga seguía frente a ella, apuntando como un cañón, a medio palmo de su cara. De pronto el tipo le soltó un chorro de leche en la cara. Le bañó el rostro. Y otro lechazo más. “¡Qué cojones! ¡Tenía dos litros de leche en los huevos, el muy singao!”, pensó Silvia. La sorprendió. Ella no lo esperaba tan rápido y ya era tarde. Sintió el sabor ácido-dulce del semen en su lengua, en la garganta, en los labios. El olor acre de la leche. Le entró hasta por la nariz. Soltó la pinga. Se limpió con las manos. Tenía pañuelos de papel en el bolsillo. Los buscó. El tipo ahora se masturbaba él mismo, frenético y jadeando. Seguía soltando chorros de leche encima de Silvia y le ensució el abrigo. Ella volvió la cara. Escupió una y otra vez. Asqueada. El tipo quedó medio desfallecido. Ella lo empujó y salió caminando aprisa mientras se limpiaba con los pañuelos de papel y escupía. Resbaló varias veces en algunos charcos congelados y estuvo a punto de caer al suelo. Seguía con el sabor acre del semen en la boca. Y se había tragado un poco. Lo sentía más atrás de la garganta. “¿Por qué tenía la boca abierta? ¿Cómo es posible? ¿Seré estúpida? La tenía en la punta, el muy cochino, hacía un mes que no se venía. Me soltó dos litros de leche encima. ¡Coño de su madre, hijoputa! Tenía que tocarme a mí. No había otra en todo el parque. Si tuviera una pistola le entraba a tiros”. Iba rabiando y casi corriendo, a pesar de los resbalones. Blasfemaba y temblaba de frío, de nervios, de rabia, de furia, de impotencia.

En pocos minutos llegó al apartamento de su prima. Subió las escaleras hasta el segundo piso. Sacó las llaves y se detuvo antes de abrir la puerta. Cerró los ojos y pensó: “Tranquila, Silvia, tranquila”. Se pasó las manos por la cara, por el abrigo. Ya todo estaba seco. Se alisó el pelo y de nuevo concentró su mente calculadora: “Ya, no pasó nada, tranquila”. Abrió la puerta y entró sonriendo. No había nadie. Sobre la mesa un mensaje escrito con tinta roja en una hoja blanca: “Regresamos tarde. Cena tú sola. Hay pollo en la nevera”. Se quedó leyendo el mensaje una y otra vez. Muchas veces. Fue hasta el equipo de música y lo conectó. Tenía colocado un CD con “La Tempestad”, de Jean Sibelius. La música comenzó a invadir lentamente a Silvia. “Las Oceánicas”. Fue hasta el baño. Dejó la puerta abierta. Se desnudó. Hizo un gran bulto con toda la ropa. Después la botaría, incluido el abrigo que tenía las manchas secas y blanquecinas del semen. Se duchó largamente y lavó muy bien su pelo. Cepilló sus dientes dos veces. Se secó y se puso agua de colonia abundante. Siguió sintiendo asco. Las habitaciones estaban caldeadas y regresó desnuda a la sala, escuchando la música. Se dejó caer en una butaca, echó la cabeza atrás, cerró los ojos, y se olvidó de todo. Solo existía Sibelius. In crescendo.

Un mes después regresó a La Habana. Hacía nueve meses que viajaba. Seis meses en Madrid y tres en New York. Buscaba galerías que se interesaran por su pintura. Yo la esperaba en el aeropuerto. Se sorprendió cuando me vio. No me lo dijo pero lo leí en sus ojos: no esperaba verme después de tanto tiempo y de ciertas peleas telefónicas. Sobre todo en los últimos tres meses. Pero yo estaba enamorado como un perro. Eso es lo peor que le puede pasar a un hombre. Enamorarse demasiado y apasionarse con una mujer bella. Nos fuimos a su estudio. Pusimos a un lado el equipaje sin abrir y nos besamos. Un beso con lengua y chupones. Se nos olvidaron los nueve meses de separación y las broncas telefónicas. Templamos como dos locos. Igual que siempre. Seguimos así unos días más. Una tarde descansábamos en la cama. Lo recuerdo perfectamente. Me dijo: -Tengo que decirte una cosa. -¿Qué? -Quizás tengo alguna enfermedad. -¿Por qué? ¿Templaste sin preservativo? -Me violaron en el Central Park, frente al apartamento de mi prima. -Ah, no jodas, Silvia. -En serio. -No, no. -Sí. -Uff, ¿Y esperaste hasta ahora para decirlo? ¡Tú eres la más papayúa de Cuba? Se quedó en silencio, mirándome. Vio que me empingué muchísimo, y cambió en un instante: -Jajajá. Es un chiste. No me creas. -¿Un chiste? -Sí, jajajá. -Sí te violaron. Chiste ni pinga. -No te pongas así. Era un juego.

Nos quedamos en silencio, mirando al vacío. Me levanté de la cama. Fui a la cocina y preparé café. Me puse furioso. Con rabia como un perro. Tenía ganas de entrarle a piñazos a la pared y romperlo todo a patadas. Cuando regresé con el café Silvia lo había pensado mejor y me dijo: -Cálmate y no te alteres. Te voy a contar cómo fue.

Me lo contó todo. Sin perder detalle. Hasta Sibelius. Se me pasó la furia. Pero no pude olvidar. Una semana después nos separamos. Silvia insistía en irse definitivamente. A Miami o New York. Sólo hablaba de eso. Obsesivamente. “Me siento encerrada en una jaula. Esta isla es una jaula”, me repetía continuamente. Quería que yo me fuera también. Yo no quería irme y ella no lo entendía. Me acusaba: “irracional, sentimentaloide, blandengue, cobarde, aguantón, no tienes por qué aguantar esta mierda”. Yo me defendía: “Está bien, soy un sentimental y no una computadora”. En fin, me desalenté mucho. Ya no podía acariciarla con ternura, no tenía erecciones. Nada. Una tarde cogí mi bicicleta. Puse en una bolsa lo poco que poseía, y me marché. No sé donde vive ni que hace. No sé nada. Alguien me dijo que se casó con un siquiatra millonario, que vive en la zona de Cape Cod y que ha engordado muchísimo. No sé. Yo caí en un estado depresivo que me duró años. Fue terrible y no quiero recordar aquel tiempo: depresivo, furioso, rabioso, desconcertado, borracho todo el día, sin comida, sin dinero, claustrofóbico, con intenciones suicidas, todos los días me templaba a una negra diferente. A veces me pegaban ladillas. Las buscaba entre las más vulgares y prosaicas de mi barrio. Me gustaba golpearlas cuando las tenía bien clavadas, y ellas se arrebataban con mi sadismo. Quizás eso fue lo que me salvó: las borracheras, las mujeres, soltar furia, tirarlo todo a mierda, no esperar nada de nadie. Y escribir. En las madrugadas, borracho, escribía cuentos de todo lo que me sucedía. Era muy divertido. Y seguí adelante. Y aquí estoy.

©Pedro Juan Gutiérrez Silvia en N.Y. es un cuento que está incluido en el volumen El insaciable hombre araña

Un cuento donde toca tragar, pasar para poder seguir leyendo, para no ahogarse. No me quejo: si escribir es como vomitar, el lector no puede esperar estar limpio ni imperturbable, ¿no?

martes, 4 de mayo de 2010

Here you are.

"¿Porqué le es tan difícil creer que alguien la pueda querer tal y como es?"